Desde Piedra Blanca, provincia de Catamarca, se trajo todos sus bagajes materiales y espirituales, para así mostrarles a porteños y extranjeros, y hacerles recordar a aquellos que lo han experimentado, la simplicidad de la vida provinciana.

Y, además de la batea y del alambre de gallinero, se trajo el olor de la cebolla de verdeo en la multitudinaria preparación del picadillo para las empanadas de cada domingo, y el sabor a orégano de una cazuela de gallina, luego de haber elegido al mejor animal en el gallinero.

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La paila de la abuela Teresa, colocada en el rincón más visible del salón, le hace recordar a quién marcó a fuego su crianza.
Todo transcurría en la vieja casa de la abuela. Ella siempre presente: revolviendo en la paila los dulces de higo o membrillo hora tras hora, armando tamales debajo de la parra luego de la siesta, repartiendo grajeas sobre el almíbar de los pastelitos para que sus nietos acompañaran el mate cocido.

La Paila recupera olores, sabores y vivencias de la niñez de su creador, Orlando Arreguez.
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